El Hombre de la Multitud*: Liu Bolin perdido en la ciudad / Por Arturo Córdova.

“¿Quienes edificaron la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?/ ¿Adónde fueron la noche en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?”

 Preguntas de un obrero que lee – Bertolt Brecht.

Perdido en la ciudad (Hiding in the city) es un asombroso proyecto fotográfico del artista chino Liu Bolin (Shandong, 1973). A través de esta serie contemplamos el resultado de un minucioso trabajo en que el artista -sometido a horas de pintura sobre su cuerpo para luego buscar las condiciones propicias para la captura fotográfica- consigue mimetizarse con el entorno citadino que lo rodea: anaqueles de supermercados, muros olvidados o emblemáticos, banderas, autopistas, edificaciones antiguas y modernas…  La ilusión de su desaparición no sólo es estéticamente intensa sino que posee una intencionalidad social y política evidente (valga decir que, al igual que otros artistas chinos críticos al régimen de su país, fue víctima de acechos y censuras por parte del partido comunista chino, que clausuró su estudio el año 2005).

Liu Bolin transita y desaparece, pues la experiencia del sujeto moderno en la ciudad es la del extravío y disolución de su subjetividad, es decir, de aquello que lo distingue como individuo.  La fuga es la experiencia intensa en la ciudad: todo se transmuta y cambia rápidamente, y nosotros nos sumergimos en ese vértigo disolvente. Lo único que queda como registro del paso del sujeto  es el monumento,  la construcción, el souvenir,  el OBJETO que me invisibiliza pero que, al mismo tiempo, me representa. La gran muralla, el Templo del Cielo, El Duomo de Milán son sólo algunos escenarios que Liu Bolin toma como fondo de su mimetismo.  Walter Benjamin escribía que el rasgo más resaltante de la ciudad es la destrucción de las huellas individuales; tal vez por eso en las fotos de Bolin los escenarios citadinos -que en cualquier situación normal estarían rebosando de gente- aparecen vacíos, sólo un fantasma cunde detrás de la foto postal.

Pero también Bolin se esconde en cabinas de teléfonos, autos, tractores, muros con graffittis, estadios modernos, anuncios publicitarios. La historia se percibe como un espectáculo simultáneo en la ciudad, donde lo antiguo y lo nuevo se funden y se resignifican. Liu Bolin actúa como un flâneur, el caminante que transita errabundamente, sin horizonte fijo, en las interminables calles. El flâneur, al internarse en el ritmo de la ciudad con su vagabundeo, sueña con mirarlo obscenamente todo sin ser visto, sueña con desaparecer de la mirada de la muchedumbre para intentar descubrir (con horror, con fascinación) el mito de la ciudad. Sin embargo, él forma parte también del espectáculo, él mira y desde su escondite también es mirado.

“La clase es más fuerte que el individuo y la persona se disuelve en lo genérico” escribió Octavio Paz, y ese parece ser el trágico destino de la vida en la ciudad: objetos y géneros nos sobredeterminan. Clase trabajadora, burocracia, mercancías, museos, fotografías, tecnocracia, monumentos… pero alguna faz siempre se esconde detrás del mito, del objeto que nos abruma: esa faz recupera su singularidad en las fotos de Liu Bolin, “el hombre invisible”. Ese fantasma tiene rostro humano y, silenciosamente, aúlla su poderosa presencia para recordarnos que la finalidad de todo es el hombre. Siempre el ser humano. O así debería serlo.

*El título del post se debe a un magnífico cuento de Edgar A. Poe.

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