El Cáncer, el Sida y las Elecciones Presidenciales (a modo de un breve colofón) / Por Arturo Córdova.

No creo que mis compatriotas vayan a ser tan insensatos de ponernos en la disyuntiva de elegir entre el sida y el cáncer terminal, que es lo que serían Humala y Keiko Fujimori”, fueron las palabras con que Mario Vargas Llosa, el año 2009, resumió un escenario indeseable para las elecciones presidenciales del 2011 en el Perú. Dos años después, ese escenario finalmente ocurrió. La frase tuvo un rebote enorme; fue empleada y abusada durante las últimas elecciones tanto por políticos, economistas, periodistas y por ciudadanos de todas las condiciones. De repente, las elecciones peruanas fueron la pantalla predilecta para proyectar todo un imaginario patológico, lleno de una furibunda retórica escatológica y destructiva. ¿Cómo inciden éstas metáforas del cuerpo y la enfermedad, vinculadas a sucesos políticos, en la sociedad? Esta fue una pregunta que aborda Susan Sontag en su ensayo La enfermedad y sus metáforas (1978). Muchas de las afirmaciones que la ensayista norteamericana explica en su libro podrían sin ningún problema vincularse con lo ocurrido en nuestros últimos comicios presidenciales.

La asociación entre cuerpo y sociedad es de antigua data; la encontramos tanto en las grandes narraciones de diversas culturas, en la literatura, en la pintura, así como en los proyectos y discursos políticos. Precisamente en estos es donde finalmente ha tenido un arraigo sorprendente. Si la política como función se encuentra vinculada con la acción de orientar y prevenir –una de las más antiguas preocupaciones de la política es el orden y el bienestar de la comunidad- pues resulta razonable la comparación del cuerpo enfermo con el desorden social. La falta de una racional y justa orientación política provoca un desequilibro que deriva en representación de una enfermedad colectiva. Como menciona Sontag, “Las analogías clásicas entre desorden político y enfermedad –digamos de Platón a Hobbes- presuponen la clásica idea médica (y política) de equilibrio”.

1) Extrapolemos: si el gobernante estaba asociado al rol del médico, es decir, a la prevención y a la cura del mal (social), en nuestras últimas elecciones el mal, la enfermedad mortal, estaba –paradójicamente- encarnada no en el organismo colectivo sino en la posible dirección política: Fujimori o Humala.

A partir del siglo XIX, afirma Sontag, se intensifica el uso de las metáforas patológicas aplicadas al devenir social; sin embargo, ocurre un cambio sustancial: de pronto, la enfermedad ya no es simplemente signo de desequilibro, sino de muerte. La solución no permite posiciones racionales o analíticas, se debe cortar el mal de raíz, se proponen cambios rápidos, posiciones duras, decisiones políticas que ataquen el mal y –si es posible- fomentar un orden político radicalmente nuevo. Muy probablemente esto provenga del hecho traumático que significó la revolución: “El concepto de revolución, que surge de la constatación de que la situación política imperante es para desesperar y no tiene remedio, dio por tierra con el viejo matiz optimista en la metáfora patológica.”

2) Extrapolemos: en el imaginario colectivo, Ollanta y Keiko eran la representación de dos organismos sociales enfermos y sin posible cura: Ollanta Humala era el semblante del “comunismo tirano y estatista; símbolo de una sociedad sumida en la consunción y el atraso, sin posibilidad para un desarrollo de la riqueza y del bien propio”. Por otro lado, Keiko Fujimori era la representación de “una sociedad infectada por la corrupción, por la violación de los derechos humanos y la falta de legalidad y libertad –espejo del gobierno de su padre”. Paradójicamente, quienes abusaron y azuzaron a la población con la metáfora del cáncer y el sida, asociados a estos dos candidatos, fueron los sectores más conservadores –por lo general, distribuidos en los estratos económicos más favorecidos. ¿La razón?, el crecimiento económico que el país atravesaba en los últimos años podía verse amenazado por un cambio en el modelo político. La metaforización surgió entonces no para promover un cambio, sino para que el estado de las cosas se mantenga pues, en esa proyección, la situación social del país era IDEAL (ya lo sabemos, la vieja frase de Valdelomar: “El Perú es Lima,…”).

“Los movimientos totalitarios modernos, de derecha o de izquierda, aprecian mucho (lo que es revelador) la imaginería patológica. Para los nazis, una persona de origen “racial” mixto era como un sifilítico.”, dice Sontag y no se equivoca. Enfermedades como el cáncer y el sida, dentro del imaginario colectivo, son dos males mortales, inmanejables y repugnantes. Y no solo eso, son vilmente misteriosos: no podemos saber exactamente cómo y cuándo aparecen, pero siempre nos amenazan como una sombra fatal. Sontag señala que decir de un fenómeno social –como lo es una elección presidencial- es como un cáncer significa incitar a la violencia, además de promover el fatalismo, “simplificar lo complejo, e invita a la autocomplacencia, sino al fanatismo”.

3) Extrapolemos: No es casual entonces que, tras saberse los resultados de la primera vuelta, el país se polarizara y resurgieran viejas taras de nuestra sociedad como el racismo o la intolerancia. El abuso de la retórica patológica en la política linda con el patetismo y la demagogia, inhibe la reflexión sobre los problemas reales de la sociedad, sobre las perspectivas del país y simplifica la comprensión sobre nuestras diferencias. De pronto todos fuimos o ignorantes o parte del “electarado”, siempre que nuestra opción no concordase con la del otro. En este aspecto, la élite económica decidió favorecer la candidatura de Keiko Fujimori, y entonces la población que apoyó a Humala se convirtió en el blanco de todos los estereotipos negativos posibles: ignorantes, resentidos, seres llenos de odio y venganza, culpables de la (futura) debacle del país. La incapacidad de entender las razones que llevaban a muchos a votar por Ollanta se convirtió en el caldo de cultivo de su propia virulencia, no entendiendo que el voto por Ollanta tampoco fue un voto sencillo, de hecho para muchos fue un voto totalmente conflictivo.

“La metáfora patológica extrema es el cáncer. Y por ser extrema, la metáfora resulta especialmente tendenciosa –buena para paranoicos, para quienes necesitan transformar una campaña en una cruzada, para los fatalistas (cáncer = muerte), y para los que se dejan subyugar por el optimismo revolucionario ahistórico (por la idea de que solo son deseables los cambios radicales)”, escribe con certeza Sontag. Si la política tiene como fin el bien de los individuos –tanto como el bien común- de los que conforman una sociedad, pues el abuso de esta retórica impide esa finalidad y promueve la deleznable convicción de que existe una fisura profunda e insalvable entre el individuo, la sociedad y el entorno político (del que también todos formamos parte).

* Rembrandt – Lección de Anatomía del doctor Nicolaes Tulp.

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